Pues aquí les traigo un pequeño cuento. Angie. Permíteme presentarte a Angie Stones. Una niña de seis años que vive en Ciudad Vieja. Mide un metro trece, de cabello castaño largo hasta por debajo de los hombros y ojos verdes esmeralda. Como cualquier otra niña, adora el color rosa, los animales, saltar la cuerda y jugar con sus muñecas. Y al igual que la mayoría de los niños de su edad, le tiene miedo a la oscuridad y a los monstruos que solo salen de noche. Monstruos, a los cuales su madre dice no ver y niega a diestra y siniestra. Monstruos que su padre le asegura no le harán daño mientras él este. Pero aún así ella no deja de sentirles, verles, oírles y temerles. Hay días en los que Angie suele gritar en cuanto las campanas del reloj dejan de sonar. Nunca es un segundo antes o un segundo después, las doce y un minuto, es la hora exacta. Siempre grita por ayuda, que llega en forma de sus padres, cansados por el trabajo y las noches en desvelo. Al llegar, les dice entre lágrimas que ha visto u oído unos monstruos fuera de su ventana, debajo de su cama o en su closet. Después de revisar todos los lugares que la niña menciona, mamá o papá la toman en sus brazos y la lleva a dormir con ellos. Son buenos padres, cariñosos, amables, protectores, responsables, con mano dura cuando es necesario y pacientes. Pero esto se ha vuelto algo habitual desde hace más de un año, y la paciencia de mamá se acabo, cree que es hora de hacer algo al respecto, de enseñar a su hija que esos monstruos no existen. Plan tras plan rondaban en su mente. Sin embargo ni uno era lo suficientemente bueno para aceptarlo. Ya desesperada, decidió usar el menos sencillo pero con el mejor resultado posible. La noche, en que la enorme y plateada luna sobresale en el estrellado firmamento y el feroz viento deja caer su tempestad en la ciudad, es la indicada para poner el plan en marcha. Después de acostar a Angie, leerle un cuento y darle las buenas noches, cierra la puerta del cuarto con llave, para cuando no acudan a la habitación de la niña, ella no salga. Más tarde esa noche a las 12:01, cuando el grito rutinario, los despierta y papá esta apunto de levantarse. La mamá lo detiene. -No vayas cariño, es necesario que aprenda a que no existen los monstruos- ve la réplica escrita en los labios de su esposo y agrega- es por su bien- Él aun se debate entre ir con Angie o volver a la cama, está cansado, muy cansado. Tanto que al parpadear no quiere volver a abrirlos. Los gritos se detienen y piensa que tal vez su hija ha entendido que no hay monstruos y que todo irá bien. -Tienes razón- se acuesta de nuevo pensando en que es lo correcto para su hija, pasa un brazo sobre la cintura de su mujer y la atrae hacia el- es por su bien.- Ah, todos los padres son tan ingenuos… Tres cuartos más lejos, Angie, una pequeña de seis años, es obligada a hacerle frente a sus monstruos. Que durante un año entero han intentado atraparla. Y por fin tienen una oportunidad. Esa noche nadie ira a salvarla y ella no podrá huir. La ventana de su cuarto es golpeada por las ramas de un viejo árbol, hasta que el viento las abre lentamente, ella se levanta apresuradamente, intenta abrir la puerta sin conseguirlo. Empieza a gritar, golpear, zarandear y patalear la puerta pero esta sigue sin abrirse y nadie viene. Vuelve a su cama, se oculta bajo las cobijas. Abraza fuertemente a Puki, su león de peluche, solloza lastimeramente mientras ruega que papá o mamá vengan. Pero no lo harán. Un par de bestias enormes y cubiertas completamente de pelo, una es café y la otra negra, entran a la habitación. Parecen una mescla entre un perro y un humano. Sus ojos rojos que, del mismo tono que la sangre, brillan en la oscuridad como estrellas, son horribles y casi tan espantosos como los largos y afilados colmillos blancos que se muestran en las sonrisas de satisfacción y hambre que descubren ambas bestias. Las agitadas y silenciosas exhalaciones e inhalaciones que dan, se oyen como tambores en los oídos de Angie. Las lágrimas le corren por las mejillas mojando su almohada y a Puki, la nariz le escurre y tiembla completamente. Intenta volver a gritar, pero su voz es lo único que ha podido escapar de ese lugar. Las bestias se acercan lentamente, saborean el olor del miedo, de orines y lagrimas de Angie y sobre todo, saborean el dulce olor a victoria. Levantan las cobijas de un solo movimiento. Un pequeño, apagado y débil gemido se desliza suavemente en el aire, justo cuando el reloj marca las doce diez. A la mañana siguiente mamá y papá se levantaran, se meterán a bañar y se alistaran para el trabajo. Luego mamá ira a despertar a Angie. Pensará en darle una recompensa por su valentía al pasar la noche ella sola. Tal vez como llevarla a comer nieve, o comprarle una muñeca, o puede que una bicicleta. Pero lo que no sabe es que en vez de una felicitación, dejara escapar un grito igual al último que su hija dio. Encontrara la cama deshecha y llena de sangre al igual que las paredes y todos los muebles, el espejo y un buro destrozados, la ventaba abierta, y las cortinas desgarradas y ensangrentadas. Afuera, tirados en el verde pasto que ahora también tiene manchas rojas, están dispersos los restos de Puki. Permíteme recordarte a Angie Stones. Una niña que tenía seis años y que vivía en Ciudad Vieja. Medía un metro trece, tenía un cabello castaño largo hasta por debajo de los hombros y ojos verdes esmeralda. Como cualquier otra niña, adoraba el color rosa, los animales, saltar la cuerda y jugar con sus muñecas. Y al igual que la mayoría de los niños de su edad, le tiene miedo a la oscuridad y a los monstruos que solo salen de noche. Monstruos, a los cuales su madre de ahora en adelante vera en cada rincón, en cada persona y en cada espejo en el que se vea. Monstruos que su padre buscara e intentare hacerles tanto daño como le sea posible, en su patética búsqueda de venganza. Ya que en Ciudad Vieja, todos los monstruos son reales al igual que tu y yo.
jueves 19 de marzo de 2009
Angie.
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sábado 6 de diciembre de 2008
Vermillion
Capitulo 1.- Vermillion parte 1
En el bosque conocido como Vermillion, un lugar en el que el día y la noche no existen, vagaba una curva y cansada figura. Que sin proponérselo se topo con un joven cazador, el cual muy extrañado de ver a una joven dama andar sola por el bosque le pregunto su nombre y el por que de su soledad.
-Tengo varios nombres mi señor, pero ni uno de ellos es de mi agrado. Aun así podéis llamarme Mort. Y estoy aquí por razones de trabajo y destino.- contesto la joven de cabellos negros y ojos del mismo color que brillaban sobre una piel mas pálida que el blanco mismo.
El joven se sorprendió al oírla hablar, de una manera tan vieja y pasada de moda. Ambos se sentaron en un árbol caído y empezaron a conversar. El joven le contó de su familia que lo esperaba en su pequeña y sencilla casa, de su prometida que era mas bella que la luna, de la presa que aun no casaba. Mientras que ella le escuchaba atentamente y sin dejar de ver un pequeño reloj de arena que cargaba. Después de unos minutos de una charla concentrada solo en el cazador. Este tuvo una enorme necesidad de saber sobre su acompañante. Le pregunto su edad, de donde era, sobre su familia, su trabajo y otras cosas mas que no me ayo digno de decir.
-Acaso no sabéis joven que es de mal gusto preguntarle la edad a una mujer. Aun así, le diré que soy mucho más vieja de lo que podéis imaginar. Soy de aquí y de todas partes. No tengo un lugar fijo. No tengo familia y mi trabajo es uno que no le desearía a nadie ni a mi peor enemigo si es que alguna ves encuentro a alguien digno de ese titulo.-
El cazador no quedo satisfecho por la contestación así que continuo cuestionándola sobre su trabajo.
-Veo que sois muy curioso para ser un cazador… Aun así es grato que alguien se interese por mí. Trabajo recolectando relojes de arena. Una ves que estos se han vaciado, es mi deber llevarlos a su nueva morada. Pero no es mi decisión el lugar en que los dejare. Es mi jefe el que decide… no, no me gusta decir su nombre, me da escalofríos el solo pensar en él… Aun que al principio mi trabajo me gustaba, he de deciros que ahora me agobia. Desde hace un tiempo tengo que trabajar cada momento y cada segundo del día y de la noche.-
Sin saber el por que el joven se ayo consumido por la curiosidad de saber mas del trabajo de la bella dama que lo acompañaba. Le pidió que le contara más, le dijera algún relato que tuviera o cual quier otra cosa sobre su trabajo y sobre ella.
-Bueno, supongo que aun queda tiempo para una historia...
Fue una hace varios años, cuando llegue a Ciudad Vieja… no esperaba que vos lo conocieras, es una ciudad perdida para el mundo. Habitada por personas con historias más misteriosas, dramáticas y sombrías que toda mi historia completa. Pero mi relato no es de ellos. Es de una pequeña habitación en el hospital Driftwood. En donde un niño y una joven estaban. Ambos se encontraban atados a sus lechos. La joven lloraba y suplicaba ayuda cuando yo entre. Ambos se percataron de mi llegada, ambos podían verme, pero creo que ambos deseaban no hacerlo. Ya que me ignoraron.
-¿Hermana, ya es el momento verdad?- pregunto el niño, aun que le puedo asegurar que ella no compartia ni un vinculo de sangre con él, su voz era quebrada pero intentaba sonar normal y relajado.
-No… aun no… solo necesito liberarme de estas cuerdas.- contesto la joven, os juro señor que por instantes creí que podría soltarse. Pero no lo hizo, la habían amarrado fuertemente.
-No, ya es hora… ¿Crees que duela?- el ya se había dado por vencido, así que utilizaba sus fuerzas restantes para matar las lagrimas que intentaban asomase en sus ojos cafés.
-No, no creo que duela. Debe ser como dormir. Simplemente tienes que cerrar los ojos y dejarte llevar.- la joven había dejado de luchar y ahora alternaba su mirada en el niño y en mí.
-¿Segura?-
-Si, segura- después de esto el silencio se impuso en el cuarto, solo podía escuchar el latido acelerado de dos corazones y el caer de los últimos granos de arena del reloj que tenia que recoger. Pero algo, no estoy segura el que me hizo darle un poco más de tiempo. Así que le agregue algo de la arena de mi propio reloj. El cual nunca se acabara.
-Sabes, tengo miedo… le temo…- ya no pudo retener mas las lagrimas y dejó a su desesperación salir en un mar que descendía por sus mejillas. – Le temo a la muerte.- La joven, no sabia que decir, podía ver en su cara la desesperación, la ira y el sufrimiento que la inundaban. A sabiendas que el tiempo que les había regalado se acababa dijo algo que nunca en toda mi existencia había escuchado y que aun no consigo olvidar por más que lo intente.
-Ella también- cuando decía esto os podéis creer señor, la muy osada se atrevió a sostenerme la mirada mientras recitaba esa maldición -ella también nos teme y nos temerá por siempre. Somos algo que ella nunca será, sentimos lo que ella nunca sentirá y morimos… eso es algo que ella nunca hará.-
El niño también me volteo a ver y con una sonrisa traviesa cerro los ojos y me tendió su reloj. El cual se acabo de vaciar apenas lo toque. Y me marche, dejando a la desdichada joven gritando y maldiciéndome. Esa es una da las historias que mas me han marcado durante esta vida..-
Cuando Mort termino de hablar, el cazador no sabia que pensar. Acaso aquella bella dama que tenia enfrente era lo que pensaba que era. No, no podía ser, la imagen que tenia de eso era…
-Un esqueleto, vestido con una túnica negra y una guadaña en la mano…-
Sin poder evitar que el estupor se viera reflejado en su cara el cazador no pudo decir nada. Solo se quedo temblando y sollozando como un animal capturado y herido. Mort se acerco a él y le susurro en el oído.
-Las apariencias engañan mi señor.- se separo un poco y acaricio la mejilla del joven con su pálida y delgada mano.- Espero que haya disfrutado de sus últimos momentos. Por que yo os aseguro que me ha encantado esta platica. Es una de las pocas y mas amenas que eh tenido este ultimo siglo. Pero a mi jefe no le gusta que me retrase… dice que es de mala educación hacer esperar a los demás.- el joven intento balbucear algo sobre, misericordia, su familia y otras cosas incoherentes -shh, por favor. No suplique, no servirá. Pero de recompensara le diré un secreto que os ruego guardarme. Aquella joven tenia, razón os temo… pero no aun así no puedo escapar a mi destino al igual tampoco puede usted. Ademas le temo más a mi jefe que a enfrentarme a los humanos…-
Sin esperar replica, suplica o palabra alguna mas del cazador Mort tomo el reloj que había ido a buscar y partió en busca del siguiente en su lista...
Publicado por Lali en 23:39 0 comentarios
Etiquetas: Fics, Historias, Vermillion
