jueves, 19 de marzo de 2009

Angie.


Pues aquí les traigo un pequeño cuento.



Angie.


Permíteme presentarte a Angie Stones. Una niña de seis años que vive en Ciudad Vieja. Mide un metro trece, de cabello castaño largo hasta por debajo de los hombros y ojos verdes esmeralda. Como cualquier otra niña, adora el color rosa, los animales, saltar la cuerda y jugar con sus muñecas. Y al igual que la mayoría de los niños de su edad, le tiene miedo a la oscuridad y a los monstruos que solo salen de noche. Monstruos, a los cuales su madre dice no ver y niega a diestra y siniestra. Monstruos que su padre le asegura no le harán daño mientras él este. Pero aún así ella no deja de sentirles, verles, oírles y temerles.


Hay días en los que Angie suele gritar en cuanto las campanas del reloj dejan de sonar. Nunca es un segundo antes o un segundo después, las doce y un minuto, es la hora exacta. Siempre grita por ayuda, que llega en forma de sus padres, cansados por el trabajo y las noches en desvelo. Al llegar, les dice entre lágrimas que ha visto u oído unos monstruos fuera de su ventana, debajo de su cama o en su closet. Después de revisar todos los lugares que la niña menciona, mamá o papá la toman en sus brazos y la lleva a dormir con ellos. Son buenos padres, cariñosos, amables, protectores, responsables, con mano dura cuando es necesario y pacientes. Pero esto se ha vuelto algo habitual desde hace más de un año, y la paciencia de mamá se acabo, cree que es hora de hacer algo al respecto, de enseñar a su hija que esos monstruos no existen. Plan tras plan rondaban en su mente. Sin embargo ni uno era lo suficientemente bueno para aceptarlo. Ya desesperada, decidió usar el menos sencillo pero con el mejor resultado posible.


La noche, en que la enorme y plateada luna sobresale en el estrellado firmamento y el feroz viento deja caer su tempestad en la ciudad, es la indicada para poner el plan en marcha. Después de acostar a Angie, leerle un cuento y darle las buenas noches, cierra la puerta del cuarto con llave, para cuando no acudan a la habitación de la niña, ella no salga. Más tarde esa noche a las 12:01, cuando el grito rutinario, los despierta y papá esta apunto de levantarse. La mamá lo detiene.



-No vayas cariño, es necesario que aprenda a que no existen los monstruos- ve la réplica escrita en los labios de su esposo y agrega- es por su bien-


Él aun se debate entre ir con Angie o volver a la cama, está cansado, muy cansado. Tanto que al parpadear no quiere volver a abrirlos. Los gritos se detienen y piensa que tal vez su hija ha entendido que no hay monstruos y que todo irá bien.


-Tienes razón- se acuesta de nuevo pensando en que es lo correcto para su hija, pasa un brazo sobre la cintura de su mujer y la atrae hacia el- es por su bien.-


Ah, todos los padres son tan ingenuos…


Tres cuartos más lejos, Angie, una pequeña de seis años, es obligada a hacerle frente a sus monstruos. Que durante un año entero han intentado atraparla. Y por fin tienen una oportunidad. Esa noche nadie ira a salvarla y ella no podrá huir.


La ventana de su cuarto es golpeada por las ramas de un viejo árbol, hasta que el viento las abre lentamente, ella se levanta apresuradamente, intenta abrir la puerta sin conseguirlo. Empieza a gritar, golpear, zarandear y patalear la puerta pero esta sigue sin abrirse y nadie viene. Vuelve a su cama, se oculta bajo las cobijas. Abraza fuertemente a Puki, su león de peluche, solloza lastimeramente mientras ruega que papá o mamá vengan. Pero no lo harán. Un par de bestias enormes y cubiertas completamente de pelo, una es café y la otra negra, entran a la habitación. Parecen una mescla entre un perro y un humano. Sus ojos rojos que, del mismo tono que la sangre, brillan en la oscuridad como estrellas, son horribles y casi tan espantosos como los largos y afilados colmillos blancos que se muestran en las sonrisas de satisfacción y hambre que descubren ambas bestias. Las agitadas y silenciosas exhalaciones e inhalaciones que dan, se oyen como tambores en los oídos de Angie. Las lágrimas le corren por las mejillas mojando su almohada y a Puki, la nariz le escurre y tiembla completamente. Intenta volver a gritar, pero su voz es lo único que ha podido escapar de ese lugar. Las bestias se acercan lentamente, saborean el olor del miedo, de orines y lagrimas de Angie y sobre todo, saborean el dulce olor a victoria. Levantan las cobijas de un solo movimiento.

Un pequeño, apagado y débil gemido se desliza suavemente en el aire, justo cuando el reloj marca las doce diez.


A la mañana siguiente mamá y papá se levantaran, se meterán a bañar y se alistaran para el trabajo. Luego mamá ira a despertar a Angie. Pensará en darle una recompensa por su valentía al pasar la noche ella sola. Tal vez como llevarla a comer nieve, o comprarle una muñeca, o puede que una bicicleta. Pero lo que no sabe es que en vez de una felicitación, dejara escapar un grito igual al último que su hija dio. Encontrara la cama deshecha y llena de sangre al igual que las paredes y todos los muebles, el espejo y un buro destrozados, la ventaba abierta, y las cortinas desgarradas y ensangrentadas. Afuera, tirados en el verde pasto que ahora también tiene manchas rojas, están dispersos los restos de Puki.


Permíteme recordarte a Angie Stones. Una niña que tenía seis años y que vivía en Ciudad Vieja. Medía un metro trece, tenía un cabello castaño largo hasta por debajo de los hombros y ojos verdes esmeralda. Como cualquier otra niña, adoraba el color rosa, los animales, saltar la cuerda y jugar con sus muñecas. Y al igual que la mayoría de los niños de su edad, le tiene miedo a la oscuridad y a los monstruos que solo salen de noche. Monstruos, a los cuales su madre de ahora en adelante vera en cada rincón, en cada persona y en cada espejo en el que se vea. Monstruos que su padre buscara e intentare hacerles tanto daño como le sea posible, en su patética búsqueda de venganza. Ya que en Ciudad Vieja, todos los monstruos son reales al igual que tu y yo.


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